Por Camila Acosta, Alumni Generación 2023.
Hay encuentros que empiezan mucho antes de que las personas se sienten en la misma mesa. Quizás Latido Latino comenzó para mí así: llegando a Buenos Aires desde Uruguay, con una valija, muchas expectativas y la certeza de que todavía no sabía todo lo que iba a llevarme de esos días. De a poco fueron llegando mis compañeros de Enseñá Uruguay al apartamento que compartiríamos, cada uno desde una generación y un recorrido diferente. Veníamos de lugares distintos, con historias distintas, y sin saberlo todavía, estábamos a punto de encontrarnos alrededor de algo que nos era común: las ganas de construir una educación y un mundo un poquito más justo.
El primer día no comenzó en un auditorio, sino en una escuela. Visitamos el Colegio Plácido Marín, donde pudimos conocer el trabajo que Fundación Reciduca desarrolla junto a jóvenes y acercarnos a sus proyectos. Recuerdo especialmente escucharlos hablar, hacerles preguntas y dejarnos interpelar también por las propias. Me gustó que la experiencia no llegara hasta nosotros solamente a través de un relato: fuimos nosotros quienes entramos al territorio, caminamos sus espacios y conocimos, aunque fuera por unas horas, otra comunidad educativa. Y hacerlo en Argentina, en otro país y dentro de una realidad diferente a la nuestra, hizo todavía más valioso ese encuentro: descubrir otras formas de acompañar las adolescencias y, al mismo tiempo, reconocer cuánto tenemos en común cuando hablamos de oportunidades, derechos y futuros posibles.

Al día siguiente, el congreso abrió sus puertas en el Polo Saavedra y lo hizo con música. Una orquesta estudiantil comenzó a tocar canciones de Harry Potter. Para alguien que ama ese universo, fue imposible no sentir un poco de magia. Pero había algo todavía más hermoso en esa escena: niños y adolescentes haciendo música juntos, abriendo un encuentro dedicado a pensar la educación y los futuros que queremos construir. Por un instante, todo parecía recordarnos que acompañar esas edades también es eso: cuidar la posibilidad de imaginar, de crear y de creer que todavía hay mundos por construir, sin perder la magia de hacer todo esto juntos.
También hubo pequeños gestos que terminaron significando mucho. En la apertura intercambiamos libros: cada persona entregaba uno que había sido importante para ella y recibía otro de alguien más. Yo elegí uno relacionado con los miedos y con la importancia de tener una red que nos sostenga cuando aparecen. Me gustó pensar que estaba dejando en manos de otra persona algo que alguna vez me había acompañado. Y, a cambio, recibí una historia que alguien más había decidido compartir conmigo. Fue un gesto sencillo, pero profundamente humano: dar un pedacito de nosotros para que pueda seguir su camino en otra persona.
Durante esos días también pude descubrir nuevas formas de mirar aquello que creemos conocer. En Detectives Literarios y en Leer el mundo antes de las letras: canciones de la infancia y literacidad crítica, volvimos sobre la literatura, las palabras y canciones que forman parte de nuestras memorias. Arroz con leche, tan cotidiana y aparentemente inocente, apareció distinta según los países y las generaciones. Y ahí estuvo una de las enseñanzas que más me llevo: incluso aquello que sentimos más familiar puede esconder preguntas que todavía no nos hicimos.
Entre charlas, talleres y encuentros con Alumni de distintos países, escuchamos hablar de desigualdades, datos educativos, cuidado, participación, liderazgo y tantos desafíos que atraviesan nuestras escuelas. Pero nunca sentí que estuviéramos allí para quedarnos mirando lo difícil. Estábamos allí porque, aun conociendo la dimensión de esos problemas, seguimos creyendo que vale la pena hacer algo. Porque hay una esperanza que no nace de desconocer las dificultades, sino de encontrarnos con otros que también quieren transformarlas.
Me fui de Buenos Aires pensando que quizás eso sea Latido Latino: un lugar donde muchas historias se encuentran, donde cada una trae algo en las manos para compartir y donde, por unos días, podemos recordar que hacer fuerza por un futuro mejor nunca es una tarea solitaria.
Volví a Uruguay con nuevas historias, con orgullo por lo que construimos desde Enseñá Uruguay y con la alegría de haber descubierto que nuestras experiencias también pueden viajar, cruzar fronteras y encontrarse con otras. Y quizás eso fue lo más lindo: llegar desde distintos lugares y descubrir que, aunque nuestras realidades sean diferentes, hay sueños que se parecen.
Crucé de nuevo el charco para volver a casa, pero me fui sintiendo que ya había un pedacito de muchos lugares conmigo.
Hay distintas formas de aportar a la educación. Encontrá la tuya.
